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Prólogo del libro “Futurizable” sobre el trabajo del futuro

El amigo Javier Martín acaba de sacar a la venta el libro Futurizable con un completo e interesantísimo compendio de artículos sobre tecnologías y tendencias que marcarán nuestro futuro inmediato.

Libro_futurizable

El libro estará en breve disponible en papel y ya lo podemos conseguir en formato digital en Amazon en formato .mobi para dispositivos kindle o en Dropbox en formato PDF y epub para otros lectores de libros electrónicos. Los suscriptores de la newsletter Futurizable pueden descargarlo de forma gratuita.

Javier me pidió que realizara un prólogo para su libro y él mismo eligió uno de los temas de los que ya había hablado en mi blog. Os dejo, a continuación, el prólogo sobre el futuro del trabajo.

¿Habrá trabajo para todos?

Cada vez que hablamos de todas las tecnologías que provocan cambios con aceleración exponencial tenemos la sensación de estar en ese momento clave, ese famoso punto de inflexión (tipping point) en el que, de la noche a la mañana, nada será igual y no habrá sector o industria que no tenga que ser reinventado.

Es verdad que en las próximas décadas, gracias a la combinación de diferentes tecnologías cada vez más abundantes o baratas, vamos a tener que enfrentarnos a nuevos retos muy relevantes: estaremos cerca de la energía global accesible y gratuita, de la esperanza de vida casi ilimitada y de una superinteligencia capaz de racionalizar y optimizar complejos problemas globales que hoy no somos capaces de abordar.

Pero la sensación de vértigo no es algo nuevo. Muchos de nuestros antepasados tuvieron estas mismas sensaciones desde hace siglos. La sensación de aceleración continua es una constante en toda nuestra historia, la derivada de la función exponencial “e elevado a x” vuelve a ser “e elevado a x”. Dicho de otra manera, aplicando una escala local o una perspectiva histórica que relativice las cosas, muchos antepasados sentían estar, al igual que nosotros hoy, en ese momento clave a partir del cual nada sería igual.

Si pensamos en algunas de las revoluciones que hemos superado en nuestra historia, podríamos imaginarnos algunas de las preocupaciones de nuestros antepasados: “a este paso ya no vamos a tener que salir a cazar todos los días”, “¿no va a ser necesario ir a por agua?”, “cuánto tiempo libre, ¿para qué?”, “con la automatización de la agricultura no van a ser necesarios tantos agricultores ni ganaderos, ¿a qué nos vamos a dedicar?”, ¿máquinas fabricando objetos?, ¿qué va a ser de los trabajadores de la industria?”, “¿máquinas que controlan, conducen, gestionan o piensan casi como personas?, ¿qué vamos a hacer con los taxistas, los médicos o los dependientes?”.

Imaginemos un diálogo ficticio entre: (A), un tátara-tátara-…-tátara abuelo, nacido hace 200 años; y (B), uno de nuestros sobrinos milenials.

(A): Estoy muy preocupado porque no sé qué oficio va a heredar mi hijo. Trabajo en un taller donde se fabrican enseres de metal para la casa y cada vez hay más máquinas que empiezan a producir los objetos en menor tiempo y somos menos los obreros necesarios. Ahora las máquinas empiezan a tener elementos eléctricos que además permiten hacer las cosas de forma más automática todavía.

(B): Pues yo estoy preocupado por mi propio futuro. Trabajo como comunity manager en una empresa de la industria del sector turístico y ahora están empezando a incorporar unos bots que generan contenido automático en función de nuestras ofertas y que directamente contestan a los clientes que nos consultan dudas.

(A): ¿Qué es el sector turístico?, ¿de quién eres manager exactamente?, ¿qué es un bot?… Mejor empieza por el principio… ¿qué es lo que fabricáis en tu empresa? Bueno, como tu trabajo parece demasiado avanzado y puede que no lo entienda, cuéntame qué otros tipos de trabajos hay en tu época, igual me valen para coger ideas sobre qué debo empezar yo a prepararme. ¿Por ejemplo, de qué trabajan tus hermanos?

(B): Pues mi hermano menor ahora organiza campeonatos de eSport. Tuvo éxito como comentarista de partidas de fútbol en YouTube, luego fue manager de uno de los equipos de la liga en un operador móvil. Le va bastante bien, en la última edición tuvieron 350.000 seguidores del partido.

(A): Vaya. Suena impresionante. YouTube supongo que será una ciudad muy grande y lo de eSport supongo que será algún deporte. Otro día me cuentas lo del que opera de manera móvil. He oído hablar del juego del fútbol pero no sé qué es el deporte aparte de algunos juegos. Y lo que más me extraña es ¿cómo consigue tu hermano ganar dinero haciendo deporte? Tienes algún familiar que tenga algún otro trabajo que sea más fácil que yo pueda entender y aprender.

(B): Bueno, aunque para la mayoría de trabajos hay que tener preparación en cosas muy sofisticadas, hay algunos otros que yo creo que sí podrían ser más sencillos de entender. Mi primo era asesor de imagen de un político y ahora ha montado una empresa que organiza eventos y convenciones. También tiene un equipo de personal shoppers y ahora se ha asociado con unos arquitectos de interiores y están empezando a diseñar y personalizar espacios para ferias virtuales.

(A): Déjalo… no entiendo cómo pueden pagar por organizar esas cosas, o por ayudarte a hacer la compra… Creo que no me puedes ayudar mucho porque eres demasiado avanzado para mi tiempo… Si te parece, dejamos que siga hablando el narrador a ver si voy pillando algo.

Y así volvemos con nuestra gran preocupación: a qué nos vamos a dedicar dentro de 10 o 20 años, cuando un robot pueda ser nuestro camarero, o nuestro enfermero, o nuestro cocinero; o cuando un programa de software empiece a sustituir a nuestro médico de cabecera, a nuestro director financiero, a nuestro taxista, a nuestro teleoperador o a nuestro locutor de radio.

Si miramos hacia el pasado vemos que en los últimos dos siglos nos hemos inventado y desarrollado, de manera muy sofisticada, nuevas industrias que no satisfacen necesidades básicas como la fabricación de objetos o alimentos.

¿Cómo explicamos a uno de nuestros antepasados la gran importancia que tienen en nuestra economía mundial la industria del turismo, o la industria del cine, de la televisión, el internet, los móviles, la gastronomía, el deporte, la moda, o la industria de la música, el teatro, la danza, o el ecommerce, los influencers, los youtubers, los videojuegos, la industria de la publicidad…? Las llamamos industrias porque tienen un modelo de negocio económico, pero no por la capacidad de fabricación de objetos materiales. Por otro lado, los servicios inmateriales que venden están basados en otros bienes y servicios inmateriales igualmente, por lo que no existe ya ese límite de recursos para comerciar.

Imaginemos cómo explicarle a nuestro antepasado (A) acerca de la cantidad de gente, tiempo y trabajo necesarios para realizar una película actual, o sobre el ingente número de colaboradores y tiempo invertido en documentar los cientos de webs que recogen todos los detalles de las sagas de ficción “StarTrek”, “Harry Potter” o “Los Simpsons”.

Os propongo que intentemos responder a las preguntas que podría plantearnos nuestro antepasado y comprobaremos que estaremos respondiendo a las mismas preguntas que hoy nos planteamos nosotros acerca de nuestro futuro.

“¿Dónde vamos a encontrar o crear esos nuevos espacios de bienes para la nueva economía?”

Al igual que internet ha sido un nuevo espacio (creado sin límites geográficos, con sus propias normas, idioma, monedas y modelos de negocio) sobre el que se han construido un montón de nuevas industrias y empresas, imaginemos las posibilidades que nos darán los distintos mundos virtuales cada vez menos distinguibles del mundo real. Centrémonos sólo en la nueva industria del ocio virtual, ¿cuántos decoradores, asistentes personales, asesores, guías turísticos, profesores, diseñadores de personajes, estilistas, iluminadores, guionistas o directores pueden hacernos falta en el futuro para dar contenido a los mundos de fantasía que puedan desarrollarse en espacios virtuales que todo el mundo se pueda inventar?

“¿Llamaremos a eso trabajo?”

Pregúntale a (A) si lo que hacemos hoy para ganarnos la vida, lo considerarían un trabajo hace un par de siglos.

“¿Nos pagarán por ello? “

Puede que sí o puede que no. Si es que no, será porque hemos alcanzado un nivel de cobertura social y económica en la que cobrar por “esos trabajos” pueda llegar a ser algo opcional. O bien porque el dinero haya ido perdiendo valor para la mayoría de bienes y servicios de primera necesidad.

“¿Cómo de rápido habrá que adaptarse?, ¿nos dará tiempo a reciclarnos?“

Es más fácil predecir el futuro de dentro de 20 años que el de dentro de 5 años ya que a corto plazo hay multitud de variables, coyunturas, como por ejemplo los temas políticos o regulatorios que pueden adelantar o atrasar los cambios económicos y sociales impulsados por los cambios en la tecnología. Nos esperan muchos conflictos y resistencias de todos aquellos colectivos que hoy siguen pensando que tenían un trabajo o carrera profesional que les duraría toda su vida.

La forma más segura para no ser incluidos en los colectivos de profesionales que más sufrirán en los próximos años es precisamente no pensar que nuestro trabajo es para toda la vida. Debemos ir olvidando lo de trabajar “de lo nuestro”, lo de tener el futuro asegurado porque un día conseguimos una licencia, aprobamos una oposición o nos hicieron un contrato fijo.

Cuando rediseñemos el concepto de “jubilación” profesional, dejaremos de aferrarnos tanto a defender esos trabajos que hoy van quedando desfasados pero que necesitamos que nos duren hasta llegar a una edad de jubilación.

Lo más valioso será nuestra capacidad de aprender rápido, de adaptarnos a los cambios. Viviremos profesionalmente cada vez más ciclos donde combinaremos formación y ocupación cada pocos años. En cada iteración pivotaremos sobre algo que sabemos hacer y algo que nos gustaría saber hacer. Si tenemos suerte, convertiremos nuestros hobbies en nuestras siguientes profesiones. Contaremos cada vez con más ayuda de máquinas que nos entrenen para ser lo que queramos ser. Adaptaremos nuestra vida profesional a la extensión cada vez mayor de la esperanza de vida. Puede que a los 30 años nos encante ser algo parecido a un programador informático, a los 60 años algo parecido a un médico, a los 90 algo parecido a un político y a los 120 años algo parecido a un filósofo o un historiador.

“¿Será necesario trabajar?”

No como obligación. No para alimentarnos o sentirnos seguros.

“¿Habrá trabajo para todos?”

Como hemos explicado con algunos ejemplos sencillos, añadiremos cada vez un mayor nivel de complejidad o sofisticación por el que crearemos trabajos para todos los que quieran trabajar.

Espero que todos quieran trabajar, porque dejará de ser un elemento de necesidad básica para convertirse en un estímulo, un modo de sentirnos parte de un grupo social, sentirnos únicos, distintos, sentirnos vivos gracias a la capacidad de reilusionarnos con nuevos retos y de hacer cosas relevantes, valiosas e importantes para los demás.

¿Cuáles serán los trabajos más valiosos?

Los que combinen una aproximación humanista y científica para abordar la gran cantidad de retos éticos y filosóficos que se generarán en torno a la creación, modifcación y mantenimiento de la vida, y acerca de nuevos modelos de convivencia (económica, social, política y religiosa) que respeten la diversidad y optimicen la abundancia de recursos de una forma sostenible.

¿Podríamos enumerar algunas profesiones a las que veamos mucho potencial en 15 o 20 años?

No. No quiero ponerme colorado leyendo este libro dentro de 10 años. Basta mirar las profesiones más demandas hoy y comprobar que no podían ser ni siquiera definidas hace 10 años. Intentemos ser creativos pero no meramente ocurrentes esforzándonos con una lista de profesiones rimbombantes como “científico de datos especializado en psicología de robots mineros en Marte” porque podríamos ser ocurrentes pero no acertaremos demasiado.

¿Cuáles serán las habilidades o capacidades más necesarias en esos trabajos del futuro?

Necesitaremos una base técnica-científica, (ciencia, tecnología, matemáticas e ingeniería) para entendernos con nuestras nuevas herramientas (nuestras máquinas inteligentes del futuro) y necesitaremos potenciar mucho más nuestras capacidades de entendimiento y trabajo en equipo, de comunicación con máquinas (para transmitirles un plan o unos objetivos), de comunicación con personas (para construir con ellos visiones colectivas y para motivarles e ilusionarles con un fin que merezca la pena), y nuestra creatividad para plantear las preguntas correctas y plantear las necesidades a resolver que sean realmente oportunas.

“¿Por dónde empezamos?¿cómo nos preparamos para este futuro lleno de incertidumbre, de cambios y de retos?”

En primer lugar, estando atentos para conocer y entender, en la medida de lo posible, las principales tendencias y revoluciones tecnologías que actuarán de palancas de transformación en los próximos años. Para ello, este libro es, sin duda, una magnífica recopilación del estado del arte en numerosas tecnologías disruptivas, así como de tendencias y ejemplos que no sólo nos anticipan ese futuro que nos espera, sino que, ojalá, también nos inspiren para que seamos nosotros quienes tomemos las riendas de ese futuro en el que, como siempre, casi todo vuelve a estar por inventar.

José Luis Vallejo, CEO de Sngular

 

La Web que hemos perdido

Por el interesante valor de la reflexión, aunque en el fondo fútil, reproduzco este post de Anil Dash, titulado The Web We Lost.

“The tech industry and its press have treated the rise of billion-scale social networks and ubiquitous smartphone apps as an unadulterated win for regular people, a triumph of usability and empowerment. They seldom talk about what we’ve lost along the way in this transition, and I find that younger folks may not even know how the web used to be.

So here’s a few glimpses of a web that’s mostly faded away:

  • Five years ago, most social photos were uploaded to Flickr, where they could be tagged by humans or even by apps and services, using machine tags. Images were easily discoverable on the public web using simple RSS feeds. And the photos people uploaded could easily be licensed under permissive licenses like those provided by Creative Commons, allowing remixing and reuse in all manner of creative ways by artists, businesses, and individuals.
  • A decade ago, Technorati let you search most of the social web in real-time (though the search tended to be awful slow in presenting results), with tags that worked as hashtags do on Twitter today. You could find the sites that had linked to your content with a simple search, and find out who was talking about a topic regardless of what tools or platforms they were using to publish their thoughts. At the time, this was so exciting that when Technorati failed to keep up with the growth of the blogosphere, people were so disappointed that even the usually-circumspect Jason Kottke flamed the site for letting him down. At the first blush of its early success, though, Technorati elicited effusive praise from the likes of John Gruber:

 [Y]ou could, in theory, write software to examine the source code of a few hundred thousand weblogs, and create a database of the links between these weblogs. If your software was clever enough, it could refresh its information every few hours, adding new links to the database nearly in real time. This is, in fact, exactly what Dave Sifry has created with his amazing Technorati. At this writing, Technorati is watching over 375,000 weblogs, and has tracked over 38 million links. If you haven’t played with Technorati, you’re missing out.

  • Ten years ago, you could allow people to post links on your site, or to show a list of links which were driving inbound traffic to your site. Because Google hadn’t yet broadly introduced AdWords and AdSense, links weren’t about generating revenue, they were just a tool for expression or editorializing. The web was an interesting and different place before links got monetized, but by 2007 it was clear that Google had changed the web forever, and for the worse, by corrupting links.
  • In 2003, if you introduced a single-sign-in service that was run by a company, even if you documented the protocol and encouraged others to clone the service, you’d be described as introducing a tracking system worthy of the PATRIOT act. There was such distrust of consistent authentication services that even Microsoft had to give up on their attempts to create such a sign-in. Though their user experience was not as simple as today’s ubiquitous ability to sign in with Facebook or Twitter, the TypeKey service introduced then had much more restrictive terms of service about sharing data. And almost every system which provided identity to users allowed for pseudonyms, respecting the need that people have to not always use their legal names.
  • In the early part of this century, if you made a service that let users create or share content, the expectation was that they could easily download a full-fidelity copy of their data, or import that data into other competitive services, with no restrictions. Vendors spent years working on interoperability around data exchange purely for the benefit of their users, despite theoretically lowering the barrier to entry for competitors.
  • In the early days of the social web, there was a broad expectation that regular people might own their own identities by having their own websites, instead of being dependent on a few big sites to host their online identity. In this vision, you would own your own domain name and have complete control over its contents, rather than having a handle tacked on to the end of a huge company’s site. This was a sensible reaction to the realization that big sites rise and fall in popularity, but that regular people need an identity that persists longer than those sites do.
  • Five years ago, if you wanted to show content from one site or app on your own site or app, you could use a simple, documented format to do so, without requiring a business-development deal or contractual agreement between the sites. Thus, user experiences weren’t subject to the vagaries of the political battles between different companies, but instead were consistently based on the extensible architecture of the web itself.
  • A dozen years ago, when people wanted to support publishing tools that epitomized all of these traits, they’d crowd-fund the costs of the servers and technology needed to support them, even though things cost a lot more in that era before cloud computing and cheap bandwidth. Their peers in the technology world, though ostensibly competitors, would even contribute to those efforts.

This isn’t our web today. We’ve lost key features that we used to rely on, and worse, we’ve abandoned core values that used to be fundamental to the web world. To the credit of today’s social networks, they’ve brought in hundreds of millions of new participants to these networks, and they’ve certainly made a small number of people rich.

But they haven’t shown the web itself the respect and care it deserves, as a medium which has enabled them to succeed. And they’ve now narrowed the possibilites of the web for an entire generation of users who don’t realize how much more innovative and meaningful their experience could be.

BACK TO THE FUTURE

When you see interesting data mash-ups today, they are often still using Flickr photos because Instagram’s meager metadata sucks, and the app is only reluctantly on the web at all. We get excuses about why we can’t search for old tweets or our own relevant Facebook content, though we got more comprehensive results from a Technorati search that was cobbled together on the feeble software platforms of its era. We get bullshit turf battles like Tumblr not being able to find your Twitter friends or Facebook not letting Instagram photos show up on Twitter because of giant companies pursuing their agendas instead of collaborating in a way that would serve users. And we get a generation of entrepreneurs encouraged to make more narrow-minded, web-hostile products like these because it continues to make a small number of wealthy people even more wealthy, instead of letting lots of people build innovative new opportunities for themselves on top of the web itself.

We’ll fix these things; I don’t worry about that. The technology industry, like all industries, follows cycles, and the pendulum is swinging back to the broad, empowering philosophies that underpinned the early social web. But we’re going to face a big challenge with re-educating a billion people about what the web means, akin to the years we spent as everyone moved off of AOLa decade ago, teaching them that there was so much more to the experience of the Internet than what they know.

This isn’t some standard polemic about “those stupid walled-garden networks are bad!” I know that Facebook and Twitter and Pinterest and LinkedIn and the rest are great sites, and they give their users a lot of value. They’re amazing achievements, from a pure software perspective. But they’re based on a few assumptions that aren’t necessarily correct. The primary fallacy that underpins many of their mistakes is that user flexibility and control necessarily lead to a user experience complexity that hurts growth. And the second, more grave fallacy, is the thinking that exerting extreme control over users is the best way to maximize the profitability and sustainability of their networks.

The first step to disabusing them of this notion is for the people creating the next generation of social applications to learn a little bit of history, to know your shit, whether that’s about Twitter’s business model or Google’s social features or anything else. We have to know what’s been tried and failed, what good ideas were simply ahead of their time, and what opportunities have been lost in the current generation of dominant social networks.

So what did I miss? What else have we lost on the social web?

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Así nos ven desde Alemania

Traducción de un artículo publicado el jueves 6 en varios periódicos económicos alemanes, por Stefanie Claudia Müller, su corresponsal en España:

Hoy, 6 de septiembre, se encuentran en Madrid los gobiernos de Alemania y España, acompañados de un nutrido grupo de empresarios, y donde seguro hablarán sobre las condiciones para poder otorgar más ayudas financieras a España o a su sistema bancario. En los dos lados se ha elevado el tono en los últimos meses y es con gran expectación que España espera ahora la decisión que va a tomar el Tribunal Constitucional alemán, que esa sí es crucial, el día 12, sobre la conformidad o no del rescate europeo y las obligaciones derivadas para los alemanes.

En Alemania crece la critica contra la supuesta “mentalidad de fiesta” de los españoles; en España los medios cada vez son más negativos con la supuesta dureza de la canciller Merkel. Pensamos que la situación es mucho más compleja de lo que presentan ambos gobiernos y la mayoría de los medios. España no es Grecia, pero España puede ser un paciente crónico si Alemania, junto con Europa, no contribuye a solucionar sus verdaderos problemas.

España no debería recibir más dinero sin que se cambie a fondo el sistema político y económico, hoy en manos de una oligarquía política aliada con la oligarquía económica y financiera, y sin que se aumente la participación ciudadana real en las decisiones políticas . Para no perpetuar la crisis y endeudar a los españoles durante generaciones, el Gobierno español debe reformar a fondo la administración de las comunidades autónomas y los ayuntamientos, en su mayoría en bancarrota y completamente fuera de control, sometiendo a referéndum el modelo de Estado.

Este tema es la clave del futuro de España, porque las regiones, ayuntamientos y diputaciones son los responsables de los dos tercios del gasto público -234.000 millones frente a 118.000 el Estado en 2011-, excluyendo la Seguridad Social -23.000 millones-, y este gasto se realiza en condiciones de descontrol, despilfarro y corrupción totalmente inaceptables. Las razones verdaderas de la crisis del país, en consonancia con lo dicho, nada tienen que ver con salarios demasiado altos -un 60 % de la población ocupada gana menos de 1.000 euros/mes-, ni pensiones demasiado altas -la pensión media es de 785 euros, el 63% de la media de la UE-15- ni pocas horas de trabajo, como se ha trasmitido a veces desde Alemania. A España tampoco le falta talento, ni capacidad empresarial ni creatividad. Tiene grandes pensadores, creativos, ingenieros, médicos excelentes y gestores de primer nivel.

La razón de la enfermedad de España es un modelo de Estado inviable, fuente de todo nepotismo y de toda corrupción, impuesto por una oligarquía de partidos en connivencia con las oligarquías financiera y económica, y con el poder judicial y los organismos de control a su servicio. En España no existe separación de poderes, ni independencia del poder judicial, ni los diputados represen tan a los ciudadanos, solo a los partidos que los ponen en una lista. Todo esto lleva también a una economía sumergida que llega al 20% del PIB y que frena la competencia, la eficacia y el desarrollo del país. Además, detrae recursos con los que podrían financiarse educación y sanidad.

Las ayudas para España, igual que para otros posible candidatos de rescates, no deben ir a bancos ya casi en bancarrota y fuertemente politizados. En la CAM, el Gobierno ha comprometido 16.000 millones de dinero público en lugar de cerrarla; en Bankia, 23.000, y el Ejecutivo acaba de darle 5.000 millones urgentemente para cubrir pérdidas en vez de cerrarla, y además de forma tan extraña que despierta todo tipo de recelos. ¿Por qué se ha utilizado el dinero de los españoles (FROB) en vez de esperar los fondos de la UE? Es lícito suponer que la razón es la siguiente: los bancos no quieren que la UE investigue sus cuentas.

Control estricto y duras condiciones. Ya el caso de Grecia ha demostrado que las ayudas europeas tienen que estar vinculadas a un control estricto y condiciones duras. Esas condiciones no pueden solamente representar recortes sociales o subidas brutales de impuestos, como hace ahora el Gobierno de Mariano Rajoy con la excusa de Europa . Se tiene que cambiar más en España que cortar gasto social, que de todos modos es mucho más bajo que en Alemania, y hay otros gastos infinitamente más relevantes que se pueden eliminar. Además, los casos de corrupción resultan tan escandalosos, incluso en el propio Gobierno, que uno solamente puede llegar a una conclusión: el dinero de Europa no puede ser manejado por personas tan increíblemente corrompidas.

La pasada semana el ministro de Industria Soria -imputado también por corrupción urbanística en Canarias- acusó al ministro de Hacienda en el Consejo de Ministros de favorecer descaradamente a la empresa líder de renovables, Abengoa, de la que había sido asesor, en la nueva regulación de estas energías, que reciben más de 7.000 millones de euros de subvenciones anualmente. Y Rajoy, al que entregó una carta probatoria, ni dijo ni hizo absolutamente nada.

No puede permitirse por más tiempo este nivel de corrupción, y menos aún a 17 regiones funcionando como estados independientes, con todos los organismos multiplicados por 17, desde 17 servicios meteorológicos a 17 defensores del pueblo, con 200 embajadas, 50 canales de TV regionales en pérdida, 30.000 coches oficiales o 4.000 empresas públicas que emplean a 520.000 personas, creadas específicamente para ocultar deuda y colocar a familiares y amigos sin control ni fiscalización alguna. En conjunto, unos 120.000 millones, equivalentes al 11,4% del PIB, se despilfarran anualmente en un sistema de nepotismo, corrupción y falta de transparencia .

Y con esto se tiene que acabar, entre otras cosas, porque ya no hay dinero. Los últimos datos de las cuentas públicas conocidos la pasada semana son escalofriantes. El déficit del Estado a julio ascendió al 4,62% del PIB, frente a un déficit del 3,5% comprometido con la UE para todo el año (del 6,3% incluyendo regiones y ayuntamientos). Pero lo realmente inaudito es que España está gastando el doble de lo que ingresa. 101.000 millones de gasto a julio fren te a 52.000 millones de ingresos, y precisamente para poder financiar el despilfarro de regiones y ayuntamientos, que no están en absoluto comprometidos con la consolidación fiscal.

El tema del déficit público es algo que roza la ciencia ficción, y que ilustra perfectamente la credibilidad de los dos últimos gobiernos de España.
En noviembre de 2011, el anterior Gobierno dijo que el déficit público era del 6% del PIB; a finales de diciembre, el nuevo Gobierno dijo que le habían engañado y que el déficit era superior al 8%, y que se tomaba tres meses para calcularlo con toda precisión. A finales de marzo, se dijo que definitivamente era del 8,5%, y ésta fue la cifra que se envió a Bruselas. Dos semanas después, la Comunidad de Madrid dijo que sus cifras eran erróneas y el Ayuntamiento de la capital igual… el déficit era ya del 8,7%.

Sin embargo, la semana pasada el INE dijo que el PIB de 2011 estaba sobrevalorado y, con la nueva cifra, el déficit era del 9,1%; dos días después, Valencia dijo que su déficit era de 3.000 millones más; o sea, que estamos en el 9,4% y las otras 15 CCAA y 8.120 ayuntamientos aún no han corregido sus cifras de 2011. Lo único que sabemos es que están todas infravaloradas. El déficit real de 2011 puede estar por encima del 11% , por lo cual en 2012 se está gastando el doble de lo que se ingresa. Como dice el Gobierno de Rajoy, “estamos en la senda de convergencia”. Y es verdad… de convergencia hacia Grecia.
Claramente, la joven democracia española tiene todavía muchos déficits de representatividad y de democracia que deberían interesar a la canciller Merkel y también a Europa, si queremos evitar una Grecia multiplicada por cinco y salvar el euro. Esto es lo que ha hecho posible el despilfarro masivo de las ayudas europeas, con una asignación disparatada de las mismas, a pesar de que estas ayudas han supuesto una cifra mayor que la del Plan Marshall para toda Europa.

Es frustrante que a causa de este sistema oligárquico nepotista y corrupto se destroce talento y creatividad y que ahora muchos jóvenes se vean forzados a trabajar fuera, muchos en Alemania. Esa situación nos ha llevado a una distribución de riqueza que es de las más injustas de la OECD. La antaño fuerte clase media española está siendo literalmente aniquilada.
Resumiendo: no es una falta de voluntad de trabajo, como se piensa tal vez en algunos países del norte de Europa, lo que hace que España sufra la peor crisis económica de su Historia. Es un sistema corrupto e ineficiente. La crítica del Gobierno alemán y sus condiciones para un rescate de España se deberían concentrar en la solución de esos problemas. En caso contrario, solo conseguirán que una casta política incompetente y corrupta arruine a la nación para varias generaciones.

*Stefanie Claudia Müller es corresponsal alemana en Madrid y economista.

Reflexión interesante sobre la Crisis

———- Mensaje reenviado ———-
De: Jose Maria Puerta Gonzalez <josemaria.puertagonzalez@gmail.com

http://www.fp-es.org/la-economia-global-no-se-recuperara-ni-ahora-ni-nunca

Por Immanuel Wallerstein

Prácticamente todo el mundo en todas partes —economistas, políticos, expertos— están de acuerdo en que el mundo ha estado inmerso en algún tipo de problema económico desde al menos 2008. Y prácticamente todos  parecen creer que en los próximos años el mundo se “recuperará” de alguna manera de estas dificultades. Después de todo, siempre se dan mejoras tras producirse un deterioro de la economía. Los remedios recomendados varían considerablemente, pero la idea de que el sistema continuará conservando sus características esenciales es una fe profundamente arraigada.

Pero está equivocada. Todos los sistemas tienen una vida determinada. Cuando sus procesos se alejan demasiado del equilibrio, fluctúan caóticamente y se bifurcan. Nuestro sistema actual, lo que yo llamo una economía mundial capitalista, ha existido durante unos 500 años y al menos durante un siglo ha abarcado todo el planeta. Ha funcionado extraordinariamente bien. Pero como todos los sistemas, se ha ido alejando de manera continua más y más del equilibrio. Ya hace un tiempo que se ha desplazado demasiado, tanto que hoy está en crisis estructural.

El problema es que los costes básicos de toda la producción se han elevado considerablemente. Hay gastos en personal de todas clases —en trabajadores no cualificados, en puestos de dirección, en la gestión al más alto nivel. Están los costes incurridos cuando los productores transfieren los costes de su producción al resto de nosotros —por desintoxicación, por renovación de recursos, por infraestructura. Y la democratización del mundo ha conducido a demandas de más y más educación, más y más asistencia sanitaria, y más y más garantías de  unos ingresos durante toda la vida. Para cumplir con estas demandas se ha producido un significativo aumento en los impuestos de todo tipo. Juntos, estos costes se han elevado más allá del punto que permite una importante acumulación del capital. ¿Entonces por qué no simplemente subir los precios? Porque hay límites más allá de los cuales no se puede forzar su nivel. Se llama elasticidad de la demanda. El resultado es una creciente reducción de beneficios, que está alcanzando un punto en que prácticamente no merece la pena el esfuerzo.

Lo que estamos presenciando como resultado son caóticas fluctuaciones de todo tipo, económicas, políticas y socioculturales. Estas fluctuaciones no pueden ser controladas fácilmente por las políticas públicas. El resultado es una cada vez mayor incertidumbre sobre cualquier clase de toma de decisiones a corto plazo, así como frenéticos realineamientos de todo tipo. La duda se retroalimenta mientras buscamos soluciones para la amenazante incertidumbre planteada por el terrorismo, el cambio climático, las pandemias y la proliferación nuclear.

Lo único seguro es que el sistema actual no puede continuar. La discusión política fundamental se centra en qué tipo de sistema sustituirá al capitalismo, no si en debería sobrevivir. La elección es entre un nuevo sistema que replica algunas de las características esenciales de jerarquía y polarización del sistema actual y otro relativamente democrático e igualitario.

La extraordinaria expansión de la economía mundial en los años de postguerra (más o menos de 1945 a 1970) ha estado seguida de un largo periodo de estancamiento económico en el que la fuente básica de ganancia ha sido la pura especulación sostenida por sucesivos endeudamientos. La última crisis financiera no derribó el sistema; simplemente dejó en evidencia su vacuidad. Nuestras recientes “dificultades” son meramente la penúltima burbuja en un proceso de expansión y pinchazo que el sistema mundial ha estado atravesando desde aproximadamente los 70. La última burbuja será la del endeudamiento del Estado, incluyendo a las llamadas economías emergentes, lo que conducirá a bancarrotas.

La mayor parte de la gente no reconoce —o se niega a reconocer— estas realidades. Resulta doloroso aceptar que el sistema histórico en que estamos viviendo está en crisis estructural y no sobrevivirá.

Mientras tanto, el sistema continúa siguiendo sus reglas aceptadas. Nos reunimos en las sesiones del G-20 y buscamos un consenso fútil. Especulamos en los mercados. Desarrollamos nuestras economías de cualquier modo que podemos. Toda esta actividad simplemente acentúa la crisis estructural. La acción real, la lucha por el nuevo sistema que se creará, está en otra parte.

©2011 Washingtonpost Newsweek Interactive, LLC © 2011 FRIDE

Estoy leyendo “The Singularity is near”

Según mi Kindle (virtual) voy por el 18% del libro

De momento deciros que en la forma, el libro se hace bastante repetitivo y regularmente estructurado pero que, en el fondo, en el contenido, es muy muy “acojonante” (por doble motivo: por lo impresionante de algunos números y predicciones y por el miedo que se te mete en el cuerpo)
(A ver si funciona mi servicio posterous.com enganchado con el resto de sitios y a ver si así pudiendo escribir simplemente un mail desde cualquier sitio me aficiono más a mini-postear)

Esperanzadora esperanza de vida

Me repetiré sobre un tema que me apasiona y obsesiona y que seguramente he compartido ya anteriormente con vosotros.

Durante el siglo XX  en los países de economías más desarrolladas se duplicó la esperanza de vida pasando de una cifra media de 40 a principios de siglo (año 1900 para centrarnos) a los casi 80 años del año 2000. Siempre tener en cuenta que las mujeres tienen una media de unos años más que los hombres. La clave de este avance estuvo en las vacunas y los antibióticos.

Según muchos científicos, se espera que durante este siglo XXI volvamos casi a duplicar la esperanza de vida…Es decir que la media de los que se mueran en el 2100 será de unos 140 o 150 años. Media quiere decir que habrá gente que se muera a los 110 y otros a los 170 años. Ya en el verano de 2007 se comentó en varios medios, que se estimaba que los niños nacidos en ese momento ya tenían una esperanza de vida superior a los 100 años. En este caso la clave médica de este nuevo progreso se espera de los avances en genética y la lucha contra la nueva frontera de enfermedades (no ya las bacterías, ni los virus sino las enfermedades proteínicas), y los artilugios para reemplazar órganos o funciones mediante accesiorios artificiales a nuestro cuerpo.

Bueno, supongo que podríamos discutir sobre si las previsiones son acertadas o  no…pero… qué más da que estas estimaciones estén erradas 20 años arriba o 20 años abajo…quizá sólo es cuestión de tiempo.

Lo que realmente me gusta imaginar es que hace tiempo que sabemos que jubilarse a los 60 ya no es que te queden 5 años de vida (no digamos si te prejubilan a los 50). También hace tiempo que sabemos que ya no estudias hasta los 20 años para trabajar toda la vida en la misma empresa, ni en el mismo empleo, ni en el mismo sector.

Vamos tímidamente asumiendo entre las clases con formación superior que después de trabajar unos años, viene bien hacer algún master, postgrado y reenfocar la carrera profesional.

Pero lo que yo realmente me planteo es que tenemos que plantearnos un modelo diferente por completo que vaya alternando formación 1/profesión 1/formación 2/ profesión 2/ formación 3/profesión 3…

Creo que uno puede ser un buen programador software (digamos de Ruby n Rails) a los 16 años, puede ser un buen empresario (por ejemplo a los 30 años), quizá un buen economista a los 40, quizá un buen médico a los 70 , y quizá un buen filósofo a los 100 años. (pensando en que duremos 140 años).

¿Os parece descabellado pensar en empezar a estudiar medicina a los 60? Pues supongo que igual de extraño que les parecería a nuestros tatarabuelos de 1900 pensar en que hoy habría gente por las calles haciendo footing a los 70.

Ya, de lo que no me atrevo a opinar es de a qué edad se podría llegar a ser un buen político…Creo que a cualquier edad en la que uno sea capaz de tener pensar en las decisiones con una perspectiva de un par de décadas y no de legislaturas o microlegislaturas como ahora ocurre. Perdonad que me haya ido de tema con este último punto pero ¡qué cansado me tienen todos últimamente de sus discusiones de nimiedades!