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Prólogo del libro “Futurizable” sobre el trabajo del futuro

El amigo Javier Martín acaba de sacar a la venta el libro Futurizable con un completo e interesantísimo compendio de artículos sobre tecnologías y tendencias que marcarán nuestro futuro inmediato.

Libro_futurizable

El libro estará en breve disponible en papel y ya lo podemos conseguir en formato digital en Amazon en formato .mobi para dispositivos kindle o en Dropbox en formato PDF y epub para otros lectores de libros electrónicos. Los suscriptores de la newsletter Futurizable pueden descargarlo de forma gratuita.

Javier me pidió que realizara un prólogo para su libro y él mismo eligió uno de los temas de los que ya había hablado en mi blog. Os dejo, a continuación, el prólogo sobre el futuro del trabajo.

¿Habrá trabajo para todos?

Cada vez que hablamos de todas las tecnologías que provocan cambios con aceleración exponencial tenemos la sensación de estar en ese momento clave, ese famoso punto de inflexión (tipping point) en el que, de la noche a la mañana, nada será igual y no habrá sector o industria que no tenga que ser reinventado.

Es verdad que en las próximas décadas, gracias a la combinación de diferentes tecnologías cada vez más abundantes o baratas, vamos a tener que enfrentarnos a nuevos retos muy relevantes: estaremos cerca de la energía global accesible y gratuita, de la esperanza de vida casi ilimitada y de una superinteligencia capaz de racionalizar y optimizar complejos problemas globales que hoy no somos capaces de abordar.

Pero la sensación de vértigo no es algo nuevo. Muchos de nuestros antepasados tuvieron estas mismas sensaciones desde hace siglos. La sensación de aceleración continua es una constante en toda nuestra historia, la derivada de la función exponencial “e elevado a x” vuelve a ser “e elevado a x”. Dicho de otra manera, aplicando una escala local o una perspectiva histórica que relativice las cosas, muchos antepasados sentían estar, al igual que nosotros hoy, en ese momento clave a partir del cual nada sería igual.

Si pensamos en algunas de las revoluciones que hemos superado en nuestra historia, podríamos imaginarnos algunas de las preocupaciones de nuestros antepasados: “a este paso ya no vamos a tener que salir a cazar todos los días”, “¿no va a ser necesario ir a por agua?”, “cuánto tiempo libre, ¿para qué?”, “con la automatización de la agricultura no van a ser necesarios tantos agricultores ni ganaderos, ¿a qué nos vamos a dedicar?”, ¿máquinas fabricando objetos?, ¿qué va a ser de los trabajadores de la industria?”, “¿máquinas que controlan, conducen, gestionan o piensan casi como personas?, ¿qué vamos a hacer con los taxistas, los médicos o los dependientes?”.

Imaginemos un diálogo ficticio entre: (A), un tátara-tátara-…-tátara abuelo, nacido hace 200 años; y (B), uno de nuestros sobrinos milenials.

(A): Estoy muy preocupado porque no sé qué oficio va a heredar mi hijo. Trabajo en un taller donde se fabrican enseres de metal para la casa y cada vez hay más máquinas que empiezan a producir los objetos en menor tiempo y somos menos los obreros necesarios. Ahora las máquinas empiezan a tener elementos eléctricos que además permiten hacer las cosas de forma más automática todavía.

(B): Pues yo estoy preocupado por mi propio futuro. Trabajo como comunity manager en una empresa de la industria del sector turístico y ahora están empezando a incorporar unos bots que generan contenido automático en función de nuestras ofertas y que directamente contestan a los clientes que nos consultan dudas.

(A): ¿Qué es el sector turístico?, ¿de quién eres manager exactamente?, ¿qué es un bot?… Mejor empieza por el principio… ¿qué es lo que fabricáis en tu empresa? Bueno, como tu trabajo parece demasiado avanzado y puede que no lo entienda, cuéntame qué otros tipos de trabajos hay en tu época, igual me valen para coger ideas sobre qué debo empezar yo a prepararme. ¿Por ejemplo, de qué trabajan tus hermanos?

(B): Pues mi hermano menor ahora organiza campeonatos de eSport. Tuvo éxito como comentarista de partidas de fútbol en YouTube, luego fue manager de uno de los equipos de la liga en un operador móvil. Le va bastante bien, en la última edición tuvieron 350.000 seguidores del partido.

(A): Vaya. Suena impresionante. YouTube supongo que será una ciudad muy grande y lo de eSport supongo que será algún deporte. Otro día me cuentas lo del que opera de manera móvil. He oído hablar del juego del fútbol pero no sé qué es el deporte aparte de algunos juegos. Y lo que más me extraña es ¿cómo consigue tu hermano ganar dinero haciendo deporte? Tienes algún familiar que tenga algún otro trabajo que sea más fácil que yo pueda entender y aprender.

(B): Bueno, aunque para la mayoría de trabajos hay que tener preparación en cosas muy sofisticadas, hay algunos otros que yo creo que sí podrían ser más sencillos de entender. Mi primo era asesor de imagen de un político y ahora ha montado una empresa que organiza eventos y convenciones. También tiene un equipo de personal shoppers y ahora se ha asociado con unos arquitectos de interiores y están empezando a diseñar y personalizar espacios para ferias virtuales.

(A): Déjalo… no entiendo cómo pueden pagar por organizar esas cosas, o por ayudarte a hacer la compra… Creo que no me puedes ayudar mucho porque eres demasiado avanzado para mi tiempo… Si te parece, dejamos que siga hablando el narrador a ver si voy pillando algo.

Y así volvemos con nuestra gran preocupación: a qué nos vamos a dedicar dentro de 10 o 20 años, cuando un robot pueda ser nuestro camarero, o nuestro enfermero, o nuestro cocinero; o cuando un programa de software empiece a sustituir a nuestro médico de cabecera, a nuestro director financiero, a nuestro taxista, a nuestro teleoperador o a nuestro locutor de radio.

Si miramos hacia el pasado vemos que en los últimos dos siglos nos hemos inventado y desarrollado, de manera muy sofisticada, nuevas industrias que no satisfacen necesidades básicas como la fabricación de objetos o alimentos.

¿Cómo explicamos a uno de nuestros antepasados la gran importancia que tienen en nuestra economía mundial la industria del turismo, o la industria del cine, de la televisión, el internet, los móviles, la gastronomía, el deporte, la moda, o la industria de la música, el teatro, la danza, o el ecommerce, los influencers, los youtubers, los videojuegos, la industria de la publicidad…? Las llamamos industrias porque tienen un modelo de negocio económico, pero no por la capacidad de fabricación de objetos materiales. Por otro lado, los servicios inmateriales que venden están basados en otros bienes y servicios inmateriales igualmente, por lo que no existe ya ese límite de recursos para comerciar.

Imaginemos cómo explicarle a nuestro antepasado (A) acerca de la cantidad de gente, tiempo y trabajo necesarios para realizar una película actual, o sobre el ingente número de colaboradores y tiempo invertido en documentar los cientos de webs que recogen todos los detalles de las sagas de ficción “StarTrek”, “Harry Potter” o “Los Simpsons”.

Os propongo que intentemos responder a las preguntas que podría plantearnos nuestro antepasado y comprobaremos que estaremos respondiendo a las mismas preguntas que hoy nos planteamos nosotros acerca de nuestro futuro.

“¿Dónde vamos a encontrar o crear esos nuevos espacios de bienes para la nueva economía?”

Al igual que internet ha sido un nuevo espacio (creado sin límites geográficos, con sus propias normas, idioma, monedas y modelos de negocio) sobre el que se han construido un montón de nuevas industrias y empresas, imaginemos las posibilidades que nos darán los distintos mundos virtuales cada vez menos distinguibles del mundo real. Centrémonos sólo en la nueva industria del ocio virtual, ¿cuántos decoradores, asistentes personales, asesores, guías turísticos, profesores, diseñadores de personajes, estilistas, iluminadores, guionistas o directores pueden hacernos falta en el futuro para dar contenido a los mundos de fantasía que puedan desarrollarse en espacios virtuales que todo el mundo se pueda inventar?

“¿Llamaremos a eso trabajo?”

Pregúntale a (A) si lo que hacemos hoy para ganarnos la vida, lo considerarían un trabajo hace un par de siglos.

“¿Nos pagarán por ello? “

Puede que sí o puede que no. Si es que no, será porque hemos alcanzado un nivel de cobertura social y económica en la que cobrar por “esos trabajos” pueda llegar a ser algo opcional. O bien porque el dinero haya ido perdiendo valor para la mayoría de bienes y servicios de primera necesidad.

“¿Cómo de rápido habrá que adaptarse?, ¿nos dará tiempo a reciclarnos?“

Es más fácil predecir el futuro de dentro de 20 años que el de dentro de 5 años ya que a corto plazo hay multitud de variables, coyunturas, como por ejemplo los temas políticos o regulatorios que pueden adelantar o atrasar los cambios económicos y sociales impulsados por los cambios en la tecnología. Nos esperan muchos conflictos y resistencias de todos aquellos colectivos que hoy siguen pensando que tenían un trabajo o carrera profesional que les duraría toda su vida.

La forma más segura para no ser incluidos en los colectivos de profesionales que más sufrirán en los próximos años es precisamente no pensar que nuestro trabajo es para toda la vida. Debemos ir olvidando lo de trabajar “de lo nuestro”, lo de tener el futuro asegurado porque un día conseguimos una licencia, aprobamos una oposición o nos hicieron un contrato fijo.

Cuando rediseñemos el concepto de “jubilación” profesional, dejaremos de aferrarnos tanto a defender esos trabajos que hoy van quedando desfasados pero que necesitamos que nos duren hasta llegar a una edad de jubilación.

Lo más valioso será nuestra capacidad de aprender rápido, de adaptarnos a los cambios. Viviremos profesionalmente cada vez más ciclos donde combinaremos formación y ocupación cada pocos años. En cada iteración pivotaremos sobre algo que sabemos hacer y algo que nos gustaría saber hacer. Si tenemos suerte, convertiremos nuestros hobbies en nuestras siguientes profesiones. Contaremos cada vez con más ayuda de máquinas que nos entrenen para ser lo que queramos ser. Adaptaremos nuestra vida profesional a la extensión cada vez mayor de la esperanza de vida. Puede que a los 30 años nos encante ser algo parecido a un programador informático, a los 60 años algo parecido a un médico, a los 90 algo parecido a un político y a los 120 años algo parecido a un filósofo o un historiador.

“¿Será necesario trabajar?”

No como obligación. No para alimentarnos o sentirnos seguros.

“¿Habrá trabajo para todos?”

Como hemos explicado con algunos ejemplos sencillos, añadiremos cada vez un mayor nivel de complejidad o sofisticación por el que crearemos trabajos para todos los que quieran trabajar.

Espero que todos quieran trabajar, porque dejará de ser un elemento de necesidad básica para convertirse en un estímulo, un modo de sentirnos parte de un grupo social, sentirnos únicos, distintos, sentirnos vivos gracias a la capacidad de reilusionarnos con nuevos retos y de hacer cosas relevantes, valiosas e importantes para los demás.

¿Cuáles serán los trabajos más valiosos?

Los que combinen una aproximación humanista y científica para abordar la gran cantidad de retos éticos y filosóficos que se generarán en torno a la creación, modifcación y mantenimiento de la vida, y acerca de nuevos modelos de convivencia (económica, social, política y religiosa) que respeten la diversidad y optimicen la abundancia de recursos de una forma sostenible.

¿Podríamos enumerar algunas profesiones a las que veamos mucho potencial en 15 o 20 años?

No. No quiero ponerme colorado leyendo este libro dentro de 10 años. Basta mirar las profesiones más demandas hoy y comprobar que no podían ser ni siquiera definidas hace 10 años. Intentemos ser creativos pero no meramente ocurrentes esforzándonos con una lista de profesiones rimbombantes como “científico de datos especializado en psicología de robots mineros en Marte” porque podríamos ser ocurrentes pero no acertaremos demasiado.

¿Cuáles serán las habilidades o capacidades más necesarias en esos trabajos del futuro?

Necesitaremos una base técnica-científica, (ciencia, tecnología, matemáticas e ingeniería) para entendernos con nuestras nuevas herramientas (nuestras máquinas inteligentes del futuro) y necesitaremos potenciar mucho más nuestras capacidades de entendimiento y trabajo en equipo, de comunicación con máquinas (para transmitirles un plan o unos objetivos), de comunicación con personas (para construir con ellos visiones colectivas y para motivarles e ilusionarles con un fin que merezca la pena), y nuestra creatividad para plantear las preguntas correctas y plantear las necesidades a resolver que sean realmente oportunas.

“¿Por dónde empezamos?¿cómo nos preparamos para este futuro lleno de incertidumbre, de cambios y de retos?”

En primer lugar, estando atentos para conocer y entender, en la medida de lo posible, las principales tendencias y revoluciones tecnologías que actuarán de palancas de transformación en los próximos años. Para ello, este libro es, sin duda, una magnífica recopilación del estado del arte en numerosas tecnologías disruptivas, así como de tendencias y ejemplos que no sólo nos anticipan ese futuro que nos espera, sino que, ojalá, también nos inspiren para que seamos nosotros quienes tomemos las riendas de ese futuro en el que, como siempre, casi todo vuelve a estar por inventar.

José Luis Vallejo, CEO de Sngular

 

El poder del “sueldo emocional”

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¿Conocéis a alguien que últimamente haya dejado un trabajo bien pagado para “hacer algo que le gusta”?

¿Os habéis encontrado con alguien que ha pedido una excedencia en su trabajo para poder “cambiar de aires”?

¿Os parece lógico que haya gente prejubilada prematuramente que quiera trabajar, aunque sea con un sueldo simbólico, para seguir aprendiendo, para tener un reto intelectual, para contagiarse de un equipo entusiasta con una idea?

¿Habéis encontrado alguna vez un amigo que ha dejado su jaula de oro en algún trabajo para volver a ponerse a prueba, a retarse a sí mismo?

¿Te parece ciencia ficción que alguien deje un trabajo seguro en los tiempos que corren?

Afortunadamente, por mi trabajo, tengo la suerte de estar rodeado siempre de colaboradores, clientes y amigos que no tienen miedo a cambiar de trabajo porque creen firmemente que la seguridad profesional no se consigue aferrándose a supuestas conquistas profesionales sino precisamente poniéndose a prueba en todo momento, manteniéndose al día como mejor estrategia de mejora y supervivencia.

Y cada vez más, parece que precisamente este tipo de gente, que no le tiene tanto miedo al cambio, al reto, al aprendizaje continuo, a abandonar un supuesto status de seguridad y reconocimiento, son precisamente quienes, cuando cambian de trabajo, menos importancia dan a su próximo sueldo.

Y es que, siguiendo la didáctica pirámide de Maslow, pareciera que el trabajo sólo debe aportarnos dinero y éste ser meramente el medio para cubrir las necesidades básicas de los primeros escalones de dicha pirámide.

Pero el trabajo, al igual que la familia, o la educación, o el ocio, son ejes transversales que todos ellos contribuyen en cualquiera de los escalones de nuestra jerarquía de necesidades.

El trabajo, además de dinero, nos aporta (o no) amigos con los que compartimos mucho tiempo de nuestras vidas; nos aporta (o no) la sensación de pertenencia a un proyecto o una identidad común; nos hace identificarnos (o no) con valores profesionales y personales; nos hace crecer (o no) hacia un objetivo profesional en el que queramos vernos dentro de unos años (o no).

Por ello, cada vez más gente, cuando define un siguiente paso profesional, relativiza su retribución económica respecto a otras formas de retribución: retos intelectuales, proyectos interesantes por su contenido o por su impacto en los demás, gente de la que rodearse para aprender y con la que complementarse; ambiente y estilo de trabajo; libertad y autonomía para dar nuestro toque personal al trabajo que hacemos…

Si vemos las 4 empresas de mayor capitalización bursatil en USA en este momento, veremos que 3 de las 4 están basadas en conseguir atraer, retener, motivar a “gente con talento”. Y que lo que vincula a esta gente con talento con la empresa es la existencia de otra gente con talento y de proyectos y entornos pensados para desarrollar dicho talento.

Como empresa de la nueva economía del siglo XXI, cuando quieres tener a los mejores “cerebros de obra” y no “mano de obra” y sólo tienes dinero para ofrecer estás empezando a entrar en problemas. En mi sector (ingeniería, software, etc) tengo más que comprobado que los proyectos salen bien exclusivamente por tener a gente con capacidad y con compromiso. La personas con mayor capacidad no se “reclutan” si no que se convencen gracias a otra gente con talento. Y el compromiso “no se compra” sino que se construye, como las emociones, por contagio.

Por eso, las empresas pequeñas o medianas tenemos una enorme oportunidad sobre las grandes en este momento y todos los días vemos ejemplos de sectores que se remodelan destronando a grandes jugadores por la iniciativa de alguien “pequeño”.

Mirad donde lleva a cualquier gran empresa confundir a las personas con recursos. Probad a reclutar personal experto en tecnología utilizando el modelo “superlopez” de la compra de suministros.

Y es que los pequeños y los medianos ;-) todavía tenemos “alma” de empresa, somos capaces de compartir con nuestros colaboradores (o trabajadores) proyectos en común, proyectos a la medida de lo que todos queremos construir…y podemos pagar a todos nuestros colaboradores mucho más que la competencia gracias a una moneda (emocional) que se cultiva y se desarrolla en organizaciones con ideales y que desgraciadamente escasea enormemente en las grandes corporaciones.

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Emprendedor: Ese error de concepto de los políticos

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Según la RAE (Real Academia de la Lengua), lo primero que vemos al consultar el significado de la palabra “emprendedor” es que se trata de un adjetivo, y no de un sustantivo. El adjetivo significa “que emprende con resolución acciones dificultosas o azarosas” (referencia RAE).

Entonces, les pregunto… señores políticos y metatrabajadores (esta palabra me la invento yo si es que no existe ya, y es para los que trabajan sólo hablando del trabajo de los demás)… ¿por qué pensamos que emprendedor es una alternativa a parado, o a autónomo, o a empresario, o a jubilado, o funcionario…? Todos estos aplican como sustantivo cuando hablan del status laboral de una persona. O ¿por qué pensamos que son un complemento a “empleo” que es un sustantivo (escaso eso sí)? Empleo y Emprendedores. Es como si dijéramos “Parados y pesimistas”, o “Autónomos y solitarios” o “Funcionarios y conservadores…” Hay correlaciones que hacen que estos sustantivos y adjetivos se unan a menudo, pero no mezclemos como arma de despiste.

Los “fomentadores de empleo” se han adueñado de una palabra que es una actitud (normalmente positiva ante los riesgos que nos presenta la vida en cualquier ámbito) para convertirla en una supuesta tabla de salvación al drama del paro. Están consiguiendo desgastar tanto la palabra que en breve volveremos a verlo con un calificativo peyorativo para alguien que no tiene otra cosa mejor que hacer. En el pasado la connotación del adjetivo era negativa respecto a los negocios, se decía que una persona era emprendedora o aventurera cuando se liaba la manta a la cabeza con demasiada facilidad. Evidentemente era una percepción muy negativa que nos ha pasado factura dado que inhibía a mucha gente con ganas de hacer, con ganas de cambiar y ganas de crear.

Pero hoy nos hemos ido al otro extremo. ¿no se puede ser funcionario emprendedor? Yo supongo que sí, que se puede ser emprendedor dentro de cualquier empresa, dentro de cualquier actividad personal o familiar y no sólo laboral. Por el mismo motivo que se puede ser funcionario inquieto, o funcionario optimista, o funcionario creativo (aunque no abunden). Pero hoy el adjetivo emprendedor está quedando estigmatizado pegado cada vez más al sustantivo “parado”, y a las personas que no tienen una mejor alternativa profesional.

Se puede ser parado emprendedor, y también profesor emprendedor, y ejecutivo emprendedor. Yo personalmente me considero empresario emprendedor. Empresario (con perdón) porque he conseguido formar y dirigir algunas empresas que ya funcionan y generan empleo, y emprendedor porque intento gestionarlas en una actitud continua de adaptación al cambio, de creación y de regeneración constante, de riesgo y apuesta permanente por asumir retos como única fórmula de supervivencia.

Sin embargo hace meses que pido que nadie me llame emprendedor, ni me invite a más charlas para dar consejos de emprendimiento. No me molestaba hasta hace poco, al igual que podían decir que soy alto, o pelirrojo, o creativo, o optimista…. Algunas actitudes vitales pueden ayudar en los negocios. Pero una actitud ante la vida no es una solución profesional, ni está restringida a los que no tienen empleo. Es una actitud que le pido a todos mis colaboradores y amigos profesionales, quieran montar una nueva empresa o quieran mejorar la empresa en la que trabajan probablemente por cuenta ajena.

Actitud emprendedora? Sí!,  ¡ por supuesto! … Con el talento de este país, si le sumamos este cambio de actitud en cada cosa que hacemos, no tenemos nada que envidiar a nadie.

Status de emprendedor?… No lo veo. Parece que hay tres posibilidades para que el que se quiere etiquetar así cuando se refiere a un autónomo:

– el 80% fracasará en 4 años (y no creo que nadie quiera cambiar al status de fracasado);

– o bien no conseguirá que su iniciativa prospere pero se las ingeniará para reconvertir su idea de manera ilimitada para permanecer en el glamuroso status de emprendedor de por vida (como el estudiante de por vida que acumula Masters como forma de ganar tiempo por la falta de opciones laborales)….

– y la tercera opción, conseguirá finalmente que su empresa funcione, y genere empleo para otros,… Bien!! Pero la mala noticia es que en este caso creo que la palabra emprendedor empieza a estar mal vista a partir de ¿50? ¿200 trabajadores? y tarde o temprano uno tiene que cambiarse el status a empresario (con perdón). Esta última fue, afortunadamente, mi situación hace tiempo que pasé de ingeniero emprendedor a empresario emprendedor. Quizá si no nos hubiéramos encargado de asociar tanto el sustantivo empresario con el adjetivo cabrón explotador, no tendríamos ahora que inventarnos nuevas palabras. Bien mirado, un emprendedor es alguien que quiere llegar a ser empresario. Y al fin y al cabo son los empresarios (y no los políticos) los únicos que crean empleo.

Señores, emprendan, por favor, pero como actitud ante la vida, mejorando su empleo actual o creándose uno nuevo si quieren. Pero recuerden que ser emprendedor no es un status, es sólo una actitud o un modo de trabajar, o un modo de buscar trabajo, o un modo de mantener tu trabajo reinventándolo cada día.

La Web que hemos perdido

Por el interesante valor de la reflexión, aunque en el fondo fútil, reproduzco este post de Anil Dash, titulado The Web We Lost.

“The tech industry and its press have treated the rise of billion-scale social networks and ubiquitous smartphone apps as an unadulterated win for regular people, a triumph of usability and empowerment. They seldom talk about what we’ve lost along the way in this transition, and I find that younger folks may not even know how the web used to be.

So here’s a few glimpses of a web that’s mostly faded away:

  • Five years ago, most social photos were uploaded to Flickr, where they could be tagged by humans or even by apps and services, using machine tags. Images were easily discoverable on the public web using simple RSS feeds. And the photos people uploaded could easily be licensed under permissive licenses like those provided by Creative Commons, allowing remixing and reuse in all manner of creative ways by artists, businesses, and individuals.
  • A decade ago, Technorati let you search most of the social web in real-time (though the search tended to be awful slow in presenting results), with tags that worked as hashtags do on Twitter today. You could find the sites that had linked to your content with a simple search, and find out who was talking about a topic regardless of what tools or platforms they were using to publish their thoughts. At the time, this was so exciting that when Technorati failed to keep up with the growth of the blogosphere, people were so disappointed that even the usually-circumspect Jason Kottke flamed the site for letting him down. At the first blush of its early success, though, Technorati elicited effusive praise from the likes of John Gruber:

 [Y]ou could, in theory, write software to examine the source code of a few hundred thousand weblogs, and create a database of the links between these weblogs. If your software was clever enough, it could refresh its information every few hours, adding new links to the database nearly in real time. This is, in fact, exactly what Dave Sifry has created with his amazing Technorati. At this writing, Technorati is watching over 375,000 weblogs, and has tracked over 38 million links. If you haven’t played with Technorati, you’re missing out.

  • Ten years ago, you could allow people to post links on your site, or to show a list of links which were driving inbound traffic to your site. Because Google hadn’t yet broadly introduced AdWords and AdSense, links weren’t about generating revenue, they were just a tool for expression or editorializing. The web was an interesting and different place before links got monetized, but by 2007 it was clear that Google had changed the web forever, and for the worse, by corrupting links.
  • In 2003, if you introduced a single-sign-in service that was run by a company, even if you documented the protocol and encouraged others to clone the service, you’d be described as introducing a tracking system worthy of the PATRIOT act. There was such distrust of consistent authentication services that even Microsoft had to give up on their attempts to create such a sign-in. Though their user experience was not as simple as today’s ubiquitous ability to sign in with Facebook or Twitter, the TypeKey service introduced then had much more restrictive terms of service about sharing data. And almost every system which provided identity to users allowed for pseudonyms, respecting the need that people have to not always use their legal names.
  • In the early part of this century, if you made a service that let users create or share content, the expectation was that they could easily download a full-fidelity copy of their data, or import that data into other competitive services, with no restrictions. Vendors spent years working on interoperability around data exchange purely for the benefit of their users, despite theoretically lowering the barrier to entry for competitors.
  • In the early days of the social web, there was a broad expectation that regular people might own their own identities by having their own websites, instead of being dependent on a few big sites to host their online identity. In this vision, you would own your own domain name and have complete control over its contents, rather than having a handle tacked on to the end of a huge company’s site. This was a sensible reaction to the realization that big sites rise and fall in popularity, but that regular people need an identity that persists longer than those sites do.
  • Five years ago, if you wanted to show content from one site or app on your own site or app, you could use a simple, documented format to do so, without requiring a business-development deal or contractual agreement between the sites. Thus, user experiences weren’t subject to the vagaries of the political battles between different companies, but instead were consistently based on the extensible architecture of the web itself.
  • A dozen years ago, when people wanted to support publishing tools that epitomized all of these traits, they’d crowd-fund the costs of the servers and technology needed to support them, even though things cost a lot more in that era before cloud computing and cheap bandwidth. Their peers in the technology world, though ostensibly competitors, would even contribute to those efforts.

This isn’t our web today. We’ve lost key features that we used to rely on, and worse, we’ve abandoned core values that used to be fundamental to the web world. To the credit of today’s social networks, they’ve brought in hundreds of millions of new participants to these networks, and they’ve certainly made a small number of people rich.

But they haven’t shown the web itself the respect and care it deserves, as a medium which has enabled them to succeed. And they’ve now narrowed the possibilites of the web for an entire generation of users who don’t realize how much more innovative and meaningful their experience could be.

BACK TO THE FUTURE

When you see interesting data mash-ups today, they are often still using Flickr photos because Instagram’s meager metadata sucks, and the app is only reluctantly on the web at all. We get excuses about why we can’t search for old tweets or our own relevant Facebook content, though we got more comprehensive results from a Technorati search that was cobbled together on the feeble software platforms of its era. We get bullshit turf battles like Tumblr not being able to find your Twitter friends or Facebook not letting Instagram photos show up on Twitter because of giant companies pursuing their agendas instead of collaborating in a way that would serve users. And we get a generation of entrepreneurs encouraged to make more narrow-minded, web-hostile products like these because it continues to make a small number of wealthy people even more wealthy, instead of letting lots of people build innovative new opportunities for themselves on top of the web itself.

We’ll fix these things; I don’t worry about that. The technology industry, like all industries, follows cycles, and the pendulum is swinging back to the broad, empowering philosophies that underpinned the early social web. But we’re going to face a big challenge with re-educating a billion people about what the web means, akin to the years we spent as everyone moved off of AOLa decade ago, teaching them that there was so much more to the experience of the Internet than what they know.

This isn’t some standard polemic about “those stupid walled-garden networks are bad!” I know that Facebook and Twitter and Pinterest and LinkedIn and the rest are great sites, and they give their users a lot of value. They’re amazing achievements, from a pure software perspective. But they’re based on a few assumptions that aren’t necessarily correct. The primary fallacy that underpins many of their mistakes is that user flexibility and control necessarily lead to a user experience complexity that hurts growth. And the second, more grave fallacy, is the thinking that exerting extreme control over users is the best way to maximize the profitability and sustainability of their networks.

The first step to disabusing them of this notion is for the people creating the next generation of social applications to learn a little bit of history, to know your shit, whether that’s about Twitter’s business model or Google’s social features or anything else. We have to know what’s been tried and failed, what good ideas were simply ahead of their time, and what opportunities have been lost in the current generation of dominant social networks.

So what did I miss? What else have we lost on the social web?

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Reflexión interesante sobre la Crisis

———- Mensaje reenviado ———-
De: Jose Maria Puerta Gonzalez <josemaria.puertagonzalez@gmail.com

http://www.fp-es.org/la-economia-global-no-se-recuperara-ni-ahora-ni-nunca

Por Immanuel Wallerstein

Prácticamente todo el mundo en todas partes —economistas, políticos, expertos— están de acuerdo en que el mundo ha estado inmerso en algún tipo de problema económico desde al menos 2008. Y prácticamente todos  parecen creer que en los próximos años el mundo se “recuperará” de alguna manera de estas dificultades. Después de todo, siempre se dan mejoras tras producirse un deterioro de la economía. Los remedios recomendados varían considerablemente, pero la idea de que el sistema continuará conservando sus características esenciales es una fe profundamente arraigada.

Pero está equivocada. Todos los sistemas tienen una vida determinada. Cuando sus procesos se alejan demasiado del equilibrio, fluctúan caóticamente y se bifurcan. Nuestro sistema actual, lo que yo llamo una economía mundial capitalista, ha existido durante unos 500 años y al menos durante un siglo ha abarcado todo el planeta. Ha funcionado extraordinariamente bien. Pero como todos los sistemas, se ha ido alejando de manera continua más y más del equilibrio. Ya hace un tiempo que se ha desplazado demasiado, tanto que hoy está en crisis estructural.

El problema es que los costes básicos de toda la producción se han elevado considerablemente. Hay gastos en personal de todas clases —en trabajadores no cualificados, en puestos de dirección, en la gestión al más alto nivel. Están los costes incurridos cuando los productores transfieren los costes de su producción al resto de nosotros —por desintoxicación, por renovación de recursos, por infraestructura. Y la democratización del mundo ha conducido a demandas de más y más educación, más y más asistencia sanitaria, y más y más garantías de  unos ingresos durante toda la vida. Para cumplir con estas demandas se ha producido un significativo aumento en los impuestos de todo tipo. Juntos, estos costes se han elevado más allá del punto que permite una importante acumulación del capital. ¿Entonces por qué no simplemente subir los precios? Porque hay límites más allá de los cuales no se puede forzar su nivel. Se llama elasticidad de la demanda. El resultado es una creciente reducción de beneficios, que está alcanzando un punto en que prácticamente no merece la pena el esfuerzo.

Lo que estamos presenciando como resultado son caóticas fluctuaciones de todo tipo, económicas, políticas y socioculturales. Estas fluctuaciones no pueden ser controladas fácilmente por las políticas públicas. El resultado es una cada vez mayor incertidumbre sobre cualquier clase de toma de decisiones a corto plazo, así como frenéticos realineamientos de todo tipo. La duda se retroalimenta mientras buscamos soluciones para la amenazante incertidumbre planteada por el terrorismo, el cambio climático, las pandemias y la proliferación nuclear.

Lo único seguro es que el sistema actual no puede continuar. La discusión política fundamental se centra en qué tipo de sistema sustituirá al capitalismo, no si en debería sobrevivir. La elección es entre un nuevo sistema que replica algunas de las características esenciales de jerarquía y polarización del sistema actual y otro relativamente democrático e igualitario.

La extraordinaria expansión de la economía mundial en los años de postguerra (más o menos de 1945 a 1970) ha estado seguida de un largo periodo de estancamiento económico en el que la fuente básica de ganancia ha sido la pura especulación sostenida por sucesivos endeudamientos. La última crisis financiera no derribó el sistema; simplemente dejó en evidencia su vacuidad. Nuestras recientes “dificultades” son meramente la penúltima burbuja en un proceso de expansión y pinchazo que el sistema mundial ha estado atravesando desde aproximadamente los 70. La última burbuja será la del endeudamiento del Estado, incluyendo a las llamadas economías emergentes, lo que conducirá a bancarrotas.

La mayor parte de la gente no reconoce —o se niega a reconocer— estas realidades. Resulta doloroso aceptar que el sistema histórico en que estamos viviendo está en crisis estructural y no sobrevivirá.

Mientras tanto, el sistema continúa siguiendo sus reglas aceptadas. Nos reunimos en las sesiones del G-20 y buscamos un consenso fútil. Especulamos en los mercados. Desarrollamos nuestras economías de cualquier modo que podemos. Toda esta actividad simplemente acentúa la crisis estructural. La acción real, la lucha por el nuevo sistema que se creará, está en otra parte.

©2011 Washingtonpost Newsweek Interactive, LLC © 2011 FRIDE

¿Qué sentido tiene plantear una vida como una colección de objetivos?

El objetivo se cumple o incumple. Siempre se mide, valora, acota y finaliza con o sin éxito.

Esto sólo vale para plantear o evaluar resultados.

¿cuál es el resultado de la vida? La muerte. Nunca se termina de otra forma.

¿qué proporción de tiempo se disfruta del éxito de objetivos cumplidos respecto al tiempo total vivido? una proporción mínima.

Si, como creativa solución, planteamos un único objetivo que nos dure toda la vida, normalmente nos planteamos uno aparentemente sencillo “buscar la felicidad”.

De nuevo estamos ante una trampa…No es posible plantear el objetivo de “encontrar la felicidad”, sólo podemos aspirar a cumplir con el objetivo de “buscar la felicidad” eternamente que es como más cerca nos encontramos de la misma.

En definitiva, mi conclusión es que interesa más plantearse la vida no como una serie de objetivos sino como un proceso en sí mismo, y que debemos disfrutar del proceso y no del resultado.

Ahora, sólo hay que conseguir que el proceso sea siempre algo que tenga ingredientes interesantes: algunos retos para disfrutar de la sensación de que somos capaces de conseguir ciertas cosas que dan la ilusión de que controlamos un poco nuestro devenir; poner en marcha algunas ideas, para sentir que el mundo se vea un poquito influido por nuestra aportación; construir cosas, si es posible que tengan pinta de sobrevivirnos…y sobre todo, definitivamente, encontrar personas con las que compartir el proceso: la pareja que es quien mejor nos conoce, los hijos que son nuestro principal legado y que nos hacen rebobinar todo el tiempo; la familia, que nos pone todo el tiempo en nuestro sitio; y los amigos que son los que amortiguarán la trascendencia de nuestros momentos bajos y reforzarán la ilusión sobre las cosas sencillas.

Tengo suerte de tener un poco de todo en este momento de mi proceso y de seguir ligeramente insatisfecho para que así no me sigan faltando ingredientes dentro de unos cuantos años.

Cuando me declaré a mi actual mujer le dije que era “casi casi casi… casi feliz y que estar con ella eliminaría mis casis” …Hoy, que no me imagino mi vida sin ella ni sin mis tres hijos, y sin embargo sigo atento a dónde podrá aparecer y cómo hacer desaparecer el siguiente “casi”. Espero que esto no cambie o será que el proceso de búsqueda de la felicidad ha terminado y eso ya he dicho antes qué significa.

Por qué escribir

¿Qué sentido tiene escribir de forma colectiva en un blog, pensado para ser el diario de una persona?

Si para escribir algo interesante es necesario primero leer y destilar suficientemente, creo que el primer motivo por el que me apetece escribir algo con regularidad es obligarme a buscar un hueco para la lectura diaria.

Si además se hace forma colectiva, el compromiso con el grupo, espero que consiga que esta motivación se convierta en una sana disciplina (como cuando uno convence a un amigo para ir al gimnasio)

Si adicionalmente, uno no escribe pensando en un público masivo, ni se preocupa por el posicionamiento de los posts requetenlazando cosas para mantener un tráfico o ranking, sino que escribe para sí mismo y para sus amigos, confío en que sea fácil superar la barrera de empezar a escribir cualquier reflexión con espontaneidad y sencillez.

Espero que pronto tenga configurado el móvil (hoy lo intenté en un par de ocasiones y perdí los borradores que iba redactando) para poder postear directamente en cualquier momento y lugar, que es donde, normalmente, interesa capturar las ideas cuando aún están frescas.